TESTIMONIO DE UN INFIEL EN REHABILITACIÓN


Soy de esos infieles que intentan dejar de serlo. Hace dos años inicié una relación con un chico y mi mayor miedo era ponerle el cuerno, porque estaba en mi modo de ser el sentirme atraído hacia el engaño. Es así de simple. Ni siquiera tenía que existir un motivo para engañar a mis novios, a veces simplemente me entraban las ganas de tener sexo, y  las redes sociales estaban allí, a la mano, y mi chico tan lejos. La verdad es cruel, pero nunca sentí remordimiento. Lo sé, moralmente soy un asco de persona. Afortunadamente, en aquella relación jamás fui infiel, porque me convencí de hacer las cosas bien y me propuse que no volvería a ser infiel.

De algún modo, la relación no funcionó y todo fue en picada, hasta que finalmente decidimos romper. Creo que él me consideró aburrido o poco interesante. No lo sé. Y no dejo de pensar que si hubiera sido infiel, a lo mejor mi relación con él hubiera funcionado. Y es que ya me había sucedido otras veces. Antes de conocer a este chico, tuve una relación que duró varios años, y mi lista de infidelidades creció a tal punto, que ahora mismo me cuesta hacer un conteo sobre todos los chicos con los que le puse el cuerno a mi ex. Todo comenzó desde la vez que conocí a un chico al que le agradé, él me invitó a salir y terminamos cogiendo. A partir de entonces no pude dejar de engañar a mi novio, porque la adrenalina se convirtió en una droga para mí. Me encantaba la sensación de hacer algo prohibido y recibir placer. Jamás sentí remordimiento y puedo decir que fui un maestro al evitar que mi novio se diera cuenta. A veces, sentía que lo engañaba por todos los problemas que teníamos como pareja, por esos conflictos graves y sencillos que hacían estresante e incómoda nuestra relación. Pero otras veces estábamos bien, había amor de por medio y a su lado me sentía el hombre más feliz de la Tierra. Con todo, los engaños seguían. No puedo decir que lo hacía cada semana, pero quizá ocurría cada dos meses: yo me iba a la cama con alguien más, disfrutaba el sexo prohibido, y creía que era igual de placentero que coger con mi pareja. 

Siempre fue igual: luego de tener sexo, yo volvía a mi vida habitual. Mi noviazgo funcionaba de maravilla, y cuando reflexionaba sobre lo que estaba pasando, de lo duro que significaba el engaño, me convencía de que mi relación funcionaba porque yo era infiel. Acostarme con otros me prevenía de la rutina, y me hacía valorar más a mi novio, pues lo que tenía con él, la confianza, los momentos, la familiaridad, eran algo que no encontraba con mis acostones. Mi vida era tan parecida a la descrita en La insoportable levedad del ser versión homosexual. Cuantos más acostones tenía con otros, más duradero era mi noviazgo.

Cualquiera pude tacharme de promiscuo y cruel. Yo mismo sentía que sólo me justificaba para sentirme menos responsable de una conducta destructiva, si así se le quiere ver.

Lo cierto es que mis motivos son los motivos para muchos infieles. Y mi realidad también es la de aquellos que, durante años, se han acostado con otras personas, mientras mantienen una relación duradera, armoniosa y funcional: y todo gracias al arte del engaño que requiere no sólo la capacidad de evitar que tu pareja se dé cuenta, también se necesita saber confrontar la culpa y vivir con ella. 

Pero luego de tantos años como infiel incorregible, me di cuenta de que, a mi edad, el engaño dejó de ser atractivo como lo fue en mis 20’s. Ahora, por irónico que parezca, deseo una relación donde pueda  entregarme sin necesidad de ser infiel. Al principio me impuse este deseo como si fuera un reto; pensaba que me hacía falta probar la fidelidad y enamorarme de ella, convertirme en un respetuoso de la moral y enaltecer los valores que me inculcaron mis padres. Pero luego me di cuenta de que esto era tonto y superficial, y que debía ser fiel no como un reto, sino como una forma de ser honesto conmigo mismo. Así, terminé por aceptar que una parte de mí buscaba el engaño porque yo me sentía vacío, que había algunos problemas por resolver con el psicólogo para entender que yo era adicto a la atención de los demás, por motivos familiares de los que prefiero no hablar.

A veces siento que mi próxima relación será la indicada para que pueda amar de verdad, pero temo que el karma descargue su ira sobre mí, mostrándome la otra cara de la moneda, en la que seré el engañado. Sé que muchos se identificarán con mi historia y que a otros les provocará coraje. Si bien, sigo firme en la idea de que mi próxima relación será totalmente honesta y estaré abierto a que ésta prospere o truene por causas ajenas al engaño, al menos de mi parte, también sé que todos tenemos secretos que esconder y un pasado que puede ser oscuro. Simplemente hay que aceptarlo y aprender algo bueno de él. En mi caso, considero que mi pasado me ha enseñado a conocer quién soy en verdad y cuáles son mis límites personales. Sólo a través de esas experiencias es que he podido llegar a la determinación de acabar con mi conducta deshonesta.

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