LA CARNE NACIONAL: CHACALES, CHICHIFOS Y MAYATES


Repulsión y miedo para unos, atracción y morbo para otros: estos son los sentimientos que nos produce la carne nacional. Componemos una raza mestiza que en su mayoría es de piel morena, cabello castaño y una estatura promedio que no rebasa los 1, 80 metros. Hay pocos blancos en el país, en contraste al mexicano convencional. Por lo tanto resultaría más lógico que hubiera una especie de casta de gays blancos que despertaran la atracción que en cambio se siente por el chacal.

Pero querámoslo o no, formamos parte de Occidente y en nuestra cultura el hombre blanco es el hombre supremo, guapo y deseable, aquel por quien no tenemos por qué avergonzarnos al confesar que nos gusta. La televisión norteamericana y también la europea, nos han inculcado estas ideas, pero en México podríamos decir que esto ya existía desde la Conquista Española: de alguna forma paradójica, su físico también vino a conquistar nuestro ideario de belleza, virilidad y poder. Muchos años después de ese evento, los mexicanos seguimos considerando al hombre blanco como Adonis, y al de piel morena y clase trabajadora como al desgraciado Polifemo.

De forma despectiva, para muchos el indio es sinónimo de pobreza, vulgaridad e ignorancia. Es por eso que tomamos como un insulto cuando alguien nos llama “indígena”. Nos desgatamos diariamente para lucir como gente aceptable, e incluso para esconder rasgos que delaten nuestra genética. Algunas veces he visto subirse al bus a  muchachos morenos, con el cabello con luces visiblemente rubias y embadurnado con grandes cantidades de gel, así como unas curiosas patillas que forman con su cabello crecido, a falta de barba, y para rematar llevan puestos un par de pupilentes azules. Ese “indio”, ese “mexicano” que intenta ser blanco, termina componiendo una especie de hombre ambiguo que rechaza sus propias raíces, aunque por más que lo intenta, no puede esconderlas.

¿Qué es un chacal? El ambiente gay suele reconocerlos por distintas características. (A veces pareciera que los homosexuales tienen una enciclopedia para analizar a la raza y ubicarla según sus rasgos y su estilo de vida.) El chacal pues, es un hombre obrero, generalmente de clase media baja o de bajos recursos. Sexualmente activos, por orientación heterosexuales, por necesidad bisexuales. Por conveniencia “desentendidos”: ellos no saben lo que es ser homosexual, y jamás dirían de sí mismos que lo son. El chacal dice que para coger y descargar el veneno cualquier hoyo es bueno, no importa si se trata de su mujer, la prima o el compadre. Mientras la relación sea siempre sexual y no haya sentimientos de por medio, el chacal verá por la satisfacción de su placer. El chacal, chaca o chacalón, es un hombre activo, jamás prestaría su ano para el deleite de otro varón, porque esa parte no se toca, porque eso es de “jotos”.

Para el gay, la idea de tener sexo con un hombre que vive una vida heterosexual, es una fantasía grandiosa, cargada de morbo y en cierta medida, de sacrificio. El gay que busca sexo con chacales, sabe que algunas veces deberá pagar sus servicios, ya sea con dinero en efectivo o haciéndole regalos, invitándole una chela o cumpliendo los caprichos de su amante mujer. Todo sea, para que el chacal se sienta con valía, codiciado y poderoso. A cambio, él se bajará los pantalones y se prestará para que le realicen sexo oral o para penetrar a su compañero.

Pero chacal no es sinónimo de prostituto. De nuevo, los gays han creado una casta para saber reconocer al hombre de clase trabajadora que dedica parte de su vida a la prostitución: el chichifo.

Además están los mayates, el heterosexual u homosexual de clase media baja y obrera que se reconoce a sí mismo como hombre hecho y derecho, y que sabe que le gusta el cotorreo con otros hombres pero les gusta mantener su apariencia varonil, según las modas de la época y su entorno. Si en la radio suena el nuevo sencillo de Daddy Yankee, él traerá la canción en su celular días antes de que ésta se haya lanzado oficialmente a la venta. Su pasatiempo favorito podría ser acompañar a la barriada cada fin de semana al Ybiza, un bar donde se toca ska, reggaetón y suelen hacerse bailes de sonidero. El mayate tiene poco interés por escuchar a Lady Gaga o de asistir a antros LGBT. Al haber crecido en un nicho humilde, donde la masculinidad es muy importante, aun cuando se sea homosexual, el mayate sigue un estilo más nacional, desapegado de la cultura rosa que vive el gay promedio, el de clase media o media alta. Si lo que quieren es lucir o actuar como mujeres, su misma comunidad les garantiza el trato que se da al sexo bello: halagos e insultos incluidos. Aunque la homofobia es una conducta internalizada ente mexicanos y latinos, suele ocurrir que cuando un mayate trasciende de lo masculino a lo femenino, la familia lo reintegra como una hija más, como una hermana o una tía. No se trata de ser alguien que no eres, sino de actuar lo que eres para que el mundo aprenda a conocerte y valorarte.

Chacales, chichifos y mayates, son también sinónimos de diversidad sexual. Y debemos saber integrarlos en nuestra comunidad.


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