Juegos Sexuales: Amos y Esclavos


Pasión, adrenalina, excitación, clandestinidad…, tabú. Existimos aquellos que nacemos con ganas por comernos al mundo y somos amos. Y existimos quienes venimos a observar y a servir como humildes siervos. Igual que en las cadenas alimenticias o en la teoría darwiniana, la supremacía del más apto se rige por las convenciones de fuerza, capacidad y control sobre los otros, para sacar provecho y adaptar el entorno a nuestra conveniencia. En el sexo también existe esta clase de comportamientos, aunque pocas veces somos conscientes de ello. Por ejemplo, cuando el pasivo le entrega su virginidad a un activo, queda vulnerable a él para ser penetrado, aún con el dolor que la primera vez pueda significar. Pero, al ser una necesidad física el consumar el sexo para obtener placer, el orgasmo, tendemos a pensar que es una actividad natural en la que no hay quien tenga más control que otro.

Pero si llevamos estas ideas al sexo de forma consciente, nos adentraremos a un juego que a propios y a extraños llega a parecerles atractivo: la dominación sexual. En ella, el esclavo cede su confort personal para convertirse en un cuerpo con el que otra persona puede obtener satisfacción de las formas más burdas, violentas y humillantes, y en lugar de parecerle perverso y poco satisfactorio, le resulta grandioso y excitante. De eso se trata jugar al amo y al esclavo. 

A medida que las parejas se adentran en este juego, vemos cada vez menos límites. A muchos nos resulta ilógico aceptar que sea posible obtener satisfacción por medio del dolor físico y la presión psicológica. Pero hay otros tantos que han superado ese tabú y han hecho del fetiche de la dominación una actividad personal, apegada a su rutina normal. No nos sorprenda escuchar de la existencia de clubes para amos y esclavos, y tampoco el que esta actividad sea practicada por heterosexuales, homosexuales, lesbianas, trans o bisexuales: para ordenar o para servir no hace falta pertenecer a una orientación en específico. Cuando un amo encuentra a un esclavo servil y tolerante a altos grados de dolor y humillación, pueden llegar a formar una pareja de juegos de forma convencional, sólo que entre ellos habrá siempre una pizca de adrenalina tendente a la violencia, pero ojo, no para provocar daños permanentes en el esclavo, sea la muerte o mutilaciones que le impidan llevar su vida de forma normal, tan solo para buscar placer dentro del sexo. Cuando la violencia sucede por conflictos de pareja, ya sea a causa de una infidelidad, de una riña por celos, etc, esto ya no es para nada un juego sexual sino un problema emocional en la convivencia de ambos individuos.

Dominar y ser dominado, esa es la cuestión. Ordenar y obedecer, humillar y ser humillado. Dar, recibir y satisfacer. Cuanto más sea el dolor o la humillación que el amo da al esclavo, es índice del aprecio que le tiene a éste como el objeto a su mando. Y el esclavo por tanto debe entender que estará en deuda con su amo cuando éste lo reduzca como persona, ya sea insultándolo, exponiendo su cuerpo desnudo frente a otros amos, rentándolo como mercancía para servicio doméstico y sexual, provocándole quemaduras con cera, azotándolo o violándolo (por mutuo acuerdo al entender que el esclavo le entrega su dignidad al amo) sin compasión. 

Aquí lo ilógico es lógico: el dolor o la humillación en lugar de causar tristeza o insatisfacción, provoca bienestar, placer sexual y moral, aunque a todas luces se esté minimizando a la persona como un mero objeto sin palabra ni valor. 

Aquel que domina,  todo comienza al dar pequeños golpes a su siervo: bofetones o nalgadas lascivas, mordidas suaves y luego salvajes en las tetillas, penetración ruda, uso de juguetes y utensilios para sodomizar como arneses, columpios, e incluso para impedir la estimulación de los órganos sexuales con el uso de cilicios o candados castrantes para impedir la erección del esclavo. El uso de un lenguaje sucio y vulgar es la herramienta psicológica que el amo tiene a su disposición para empoderar su cuerpo y su persona, tomando el control del otro al hacerlo ver como algo pequeño e insustancial. 

¿Qué hay del esclavo? Su elixir es recibir bofetadas, escupitajos, orina, semen, insultos, asfixia, descargas eléctricas, el roce de un fuete, el roce del cuero, sexo a puño… Para aquellos que temen la perdida del control, tomar el papel del esclavo podría resultar aberrante, conflictivo y traumático. Pero aquellos que saben bien lo que quieren, aún cuando sea dolor, saben que la perdida gradual de su poder personal, engrandece sus posibilidades para encontrar el placer y la satisfacción propia. 

Tensión, dolor, fiereza, bizarrez. A todos aquellos que deseen aprender del sexo rudo, saben que hay un largo trecho por el que atravesar y en el que deberán dejar cualquier clase de prejuicio. Cuando uno es amo, no sólo hay que vestir de cuero o usar al pene como cetro, porque, aunque pueda parecer lo contrario, tener el poder va más allá de lucir nuestra egolatría: hay que comprender también la del otro, de quien recibe aquellos insultos, bofetadas y saliva. Sí, también el esclavo guarda en sí un grado de egolatría, y se centra en el amor a presumir su cuerpo como un instrumento con el que otro se satisface… Podría creerse que, aquel que es esclavo, carece de autoestima, pero quizá, sea solamente otra clase de autoestima.

O quizá, sea solamente un juego. Así que no hay que olvidar que cuando el esclavo dice "basta", debemos quitarnos la máscara de verdugo y dar por finalizada la sesión.

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