Homofobia internalizada: cuando un gay discrimina a otro gay


Casi siempre hablamos sobre los actos de discriminación por homofobia de los que somos víctimas por parte de heterosexuales. Sin embargo, la homofobia no sólo la sufrimos de esa forma, ni es tarjeta de presentación exclusiva de grupos religiosos y políticos. Dentro de nuestro grupo también existe la discriminación, la humillación y el bullying entre personas con la misma orientación sexual.

La segregación homosexual interna suele ocurrir entre homosexuales varones hacia lesbianas, o viceversa, de homos hacia bisexuales, hacia los hombres con rasgos afeminados, "las locas", el repudio a los travestis y dragas, a los osos, el odio entre flacos y gordos, sero negativos y sero positivos. Discriminamos todo lo que nos parece extraño o que rompe con nuestra línea de confort social en la que aceptamos sólo aquello que nos resulta agradable a la vista. Aún cuando nos damos el derecho de exigir respeto y un trato digno a los heteros, también nos damos el lujo de desquitar nuestro temor contra aquellos que, dentro de nuestra orientación, consideramos marginados. 

Es cuestión de inteligencia e ignorancia. Si siendo homosexual te atreves a discriminar a otro de tu grupo, porque se viste o habla delicadamente, o porque ya es maduro o viene de una familia de bajos recursos, no habrá que hacer un gran análisis para descubrir que tú eres una persona que discrimina y juzga por las apariencias. Pero si aplicas el consabido "en gustos se rompen géneros" y sabes respetar a toda persona que se cruza en tu camino, sin detenerte por un sentimiento de rechazo o repulsión, entonces eres alguien tolerante, capaz de ofrecer y pedir justamente la aceptación y la igualdad entre cualquiera de tu especie. 

Aunque a la sociedad le exigimos respeto, la gran mayoría de los LGBTTI somos incapaces de ser objetivos y humildes. Crecimos en una sociedad homofóbica que nos obliga a repetir los patrones del rechazo, y aún autodescubriéndonos y asumiéndonos como gays, lesbianas, bisexuales, etc, no podemos entender que dentro de nuestras diferencias existen particularidades y que todos vivimos nuestra orientación sexual en las formas en que más a gusto nos sentimos. Hace falta un verdadero sentimiento de compromiso y pertenencia hacia la comunidad. Basta de decir que la comunidad no existe porque dentro de ella sólo se vive abuso, egoísmo y apatía. Estos detalles no hacen que la comunidad y la cultura pierdan su significado. Ensucian su nombre y nos hace creer que vale la pena estar solos para no sufrir un ataque de homofobia interna. Y es entonces cuando uno vuelve al armario, hablando pestes de otros gays, y dando por extintos los logros de mucha gente que hubo detrás, luchando porque se nos reconociera y se nos tratara con equidad. 

No hace falta extenderse para concluir que para exigir justicia hay que comenzar desde adentro. 

Sentir ese supuesto orgullo que presumimos cada que hay una marcha por los derechos LGBTTI no es para nada ponerse una peluca y salir a armar escándalo. Tampoco se trata de empoderar los insultos al usarlos entre nosotros mismos, creyendo que al llamar joto o puto a mi mejor amigo, lo estoy haciendo porque como gay sólo yo puedo hacer uso de esas palabras vejatorias, y que por lo tanto duelen menos. ¡El insulto sigue siendo el mismo!, sólo que cerramos los ojos y pretendemos hacer de éste una burla vulgar. 

El orgullo gay se vive al comprender que lo único que nos hace hermanos es que somos hombres a quienes les gustan otros hombres, o mujeres que prefieren mujeres, que no estamos solos ni enfermos y que como seres humanos exigimos igualdad no como un lujo sino como un derecho. Y que independientemente de esto, no tenemos porque ser iguales unos entre otros, pues la diversidad es amplia y en ella cabe de todo. De todo, he dicho. 

La sana convivencia que deseamos la alcanzaremos cuando en verdad estemos a gusto con lo que somos y representamos en el mundo: la diferencia. Pero mientras este concepto nos siga causando apatía, la homofobia entre homosexuales será nuestro principal obstáculo en la lucha por nuestro derechos.

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